por un lado, a los jesuitas y, por el otro, a los librepensadores.
La Regencia que sucedió al 129 reinado de Luis XIV vio los comienzos definitivos de la última corrupción que presagió la Revolución. Las guerras de engrandecimiento continuaron, pero ahora resultaron por lo general infructuosas; el industrialismo puesto en marcha por Colbert progresó de manera constante; sin embargo, los beneficios que podían obtenerse de él no satisficieron a los espíritus más aventureros de la época, y la Regencia presenció una curiosa exposición de especulación bursátil antes de su tiempo bajo la forma del plan de Misisipi de Law, el cual tuvo su contraparte en Inglaterra con la Burbuja de los Mares del Sur.
Fue una operación financiera —consistente en sacar algo de la nada— fundada en la teoría económica mercantil entonces vigente, que mostraba un conocimiento imperfecto de la revolución industrial que comenzaba ante los propios ojos de la gente, y que partía del supuesto de que la riqueza de un país consiste en la cantidad de metales preciosos que es capaz de retener. Este supuesto, podemos observar, se ejemplifica de manera curiosa en las novelas mitad comerciales, mitad bucaneras de Defoe.
Los librepensadores antes mencionados eran la quintaesencia del partido burgués en su 130 aspecto intelectual, como los parlamentos lo eran en el jurídico. Estos dos elementos formaron todo lo que hubo de oposición hasta que se escucharon los primeros balbuceos de una revolución definida, aunque por supuesto la importancia de los pensadores estaba fuera de toda proporción respecto a la de los abogados parlamentarios. La accesión al trono del que fuera Delfín, ahora Luis XVI, fue aclamada por los filósofos, especialmente porque su llamamiento a Turgot para reformar las finanzas se consideraba justamente una señal de su sinceridad.