serios de la vida, incluso para los hombres de las más grandes capacidades naturales. Una vida así, resulta evidente, será prácticamente lo opuesto a aquello que algunos opositores al nuevo orden, tanto científicos como personajes de menor categoría, afirman ver en la avanzada «tiranía del socialismo». Pero estamos convencidos de que esta vida, que significa felicidad general para todos los hombres, libre de cualquier sustrato de esclavitud, será impuesta al mundo. Sin embargo, ese mundo no será plenamente consciente de la coacción gradual y natural a la que tendrá que ceder, y que por sus resultados descubrirá que ha sido enteramente benéfica.
Se nos puede preguntar, ya que hemos venido exponiendo continuamente la doctrina de la evolución a lo largo de estas páginas, qué evolucionará a su vez el Socialismo.
Solo podemos responder que el Socialismo niega la finalidad del progreso humano, y que cualquier forma particular de Socialismo que podamos concebir ahora debe ceder necesariamente ante nuevos y superiores desarrollos, de cuya naturaleza, sin embargo, no podemos hacernos ninguna idea.
Estos desarrollos nos están necesariamente ocultos por la lucha inconclusa en la que vivimos, y en la cual, por tanto, la meta suprema para nosotros debe ser el Socialismo tal como lo hemos expuesto aquí.
Seríamos los últimos en querer poner límites a los ideales o aspiraciones humanas; pero el Socialismo que podemos prever, y que nos promete la elevación de la humanidad a un nivel de felicidad inteligente y energía placentera hasta ahora no alcanzado, es para nosotros suficiente como ideal para nuestras aspiraciones y como acicate para nuestra acción.