profundidad y sinceridad; entre las naciones latinas no hizo ningún progreso real, y dondequiera que ganó muchos adeptos, como en el caso de los hugonotes franceses, no fue más que un distintivo político. Vale la pena señalar también que, en la actualidad, en Ginebra, la ciudad de Calvino, que es en realidad una ciudad francesa, los católicos superan considerablemente en número a los protestantes.
Puede señalarse, como muestra de la verdadera fuerza del sentimiento protestante en el norte de Europa, que en aquellos países donde la lucha religiosa fue más severa —como en Escocia, Inglaterra, Holanda y Suiza—, la cualidad que finalmente predominó adoptó la forma de religión más alejada del catolicismo medieval; mientras que en los lugares donde la Reforma se hizo a sí misma, por decirlo así, como en Escandinavia y el norte de Alemania, el cambio exterior fue comparativamente leve.
El puritanismo protestante, que aún hoy sigue siendo tan fuerte en estas islas, no tiene análogo en el protestantismo del resto de Europa, sino que constituye un extraño y aislado hecho, resultado probablemente de algunas cualidades inherentes a la población, y desarrolladas por las circunstancias; en efecto, hay huellas de él descubribles en la Inglaterra medieval, y ello no solo entre los lolardos; y debe confesarse que el origen de este espíritu es tan oscuro como funesto es el hecho de su existencia. Su duradera y arraigada fuerza puede medirse por el éxito que siempre acompaña a los llamamientos que hoy en día le dirigen los políticos oportunistas y los periodistas ávidos de popularidad.71
En lo que respecta a la política, Carlos V es la personalidad que representa el gran cambio en ese aspecto. La unificación de España como nación, iniciada bajo Fernando e Isabel, los conquistadores de Granada, se consumó con él. Bajo la presión de sus intentos de unificar Alemania de la misma manera, los gobernantes de los grandes territorios, los príncipes del Imperio, consolidaron sus tierras y las transformaron 100