Mientras tanto, a pesar de todo el sufrimiento provocado por la Revolución Industrial, era imposible para los capitalistas acaparar la totalidad de los beneficios obtenidos con ella, o al menos seguir acumulándolos en una proporción siempre creciente.
La lucha de clases adoptó otra forma, además de la de los meros motines por hambre y la represión violenta, a saber, los Sindicatos obreros (Trades Unions). Aunque la intención primordial de estos era la fundación de sociedades de socorro mutuo, lo cual había sido uno de los usos prácticos a los que se habían destinado los gremios de principios de la Edad Media, al igual que aquellos tuvieron que ocuparse finalmente de asuntos relacionados con la reglamentación del trabajo.
Las primeras luchas de los sindicatos con el capital tuvieron lugar mientras aún eran ilegales; pero la abolición de la ley contra la asociación de obreros en 1824 los dejó parcialmente libres en ese aspecto, y pronto empezaron a ser una fuerza en el país.
Ayudados por la marea creciente de la prosperidad comercial, que hizo que los capitalistas estuvieran más dispuestos a ceder una parte de sus enormes beneficios antes que 168 continuar la lucha à l'outrance, se impusieron en muchos conflictos laborales y lograron elevar el nivel de vida de los obreros cualificados, aunque por supuesto en proporción ridícula con el enorme incremento de la suma de la renta nacional.
Más allá de esto les era y les es imposible ir, en tanto reconozcan a los capitalistas como una parte necesaria de la organización del trabajo. La clase capitalista no comprendió al principio que sí los reconocían, y en consecuencia, en el período de sus primeros éxitos, los sindicatos fueron considerados más bien como peligrosos revolucionarios que como una parte del sistema capitalista, que era su verdadera posición, y fueron tratados con esa clase de insultos y abusos virulentos y cobardes que el comerciante con terror por su tienda siempre tiene en la punta de la lengua.