les hacer, aunque halló bien en que, porque así se lo mandó Cortés, que no fuese como lo de Cozumel; y en el real nos holgamos con aquel poco bastimento que trujo, porque todos los males y trabajos se pasan con el comer.
Aquí es donde dice el coronista Gómora que fué Cortés la tierra adentro con cuatrocientos soldados; no le informaron bien, que el primero que fué es el por mí aquí dicho, y no otro.
Y tornemos á nuestra plática: que como Cortés en todo ponia gran diligencia, procuró de hacerse amigo con la parcialidad del Diego Velazquez, porque á unos con dádivas del oro que habiamos habido, que quebranta peñas, é otros prometimientos, los atrajo á sí y los sacó de las prisiones, excepto Juan Velazquez de Leon y al Diego de Ordás, que estaban en cadenas en los navíos, y dende á pocos dias tambien los sacó de las prisiones, hizo tan buenos y verdaderos amigos dellos como adelante verán, y toda con el oro, que lo amansa.
Y á todas las cosas puestas en este estado, acordamos de nos ir al pueblo que estaba en la fortaleza, ya otra vez por mí memorado, que se dice Quiahuistlan, y que los navíos se fuesen al peñol y puerto que estaba enfrente de aquel pueblo obra de una legua dél; é yendo costa á costa, acuérdome que se mató un gran pescado que le echó la mar en la costa en seco, y llegamos á un rio donde está poblada ahora la Veracruz, y venia algo hondo, y con unas canoas quebradas lo pasamos, y á nado y en balsas, y de aquella parte del rio estaban unos pueblos sujetos á otro gran pueblo que se decia Cempoal, donde eran naturales los cinco indios de los bezotes de oro que he dicho que vinieron por mensajeros á Cortés, que les llamamos lopelucios en el real, y hallamos las casas de ídolos y sacrificadores, y sangre derramada y enciensos con que zahumaban, y otras cosas de ídolos y de piedras con que sacrificaban, y plumas de papagayos y muchos libros de su papel cosidos á dobleces, como á manera de paños de Castilla, y no hallamos indios ningunos, porque se habian ya huido; que, como no habian visto hombres como nosotros ni caballos, tuvieron temor, y allí aquella noche no hubo qué cenar; caminamos la tierra adentro hácia el poniente, y dejamos la costa, y no sabiamos el camino, y topamos unos buenos prados que llaman habanas, y estaban paciendo unos venados, y corrió Pedro de Albarado con su yegua alazana tras un venado y le dió una lanzada, y herido, se metió por un monte, que no se pudo haber.