manera de torres é fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiracion, y las casas de azuteas, y en las calzadas otras torrecillas é adoratorios que eran como fortalezas.
Y despues de bien mirado y considerado todo lo que habiamos visto, tornamos á ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella habia, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y el zumbido de las voces y palabras que allí habia, sonaba más que de una legua; y entre nosotros hubo soldados que habian estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta gente, no la habian visto.
Dejemos esto, y volvamos á nuestro capitan, que dijo á fray Bartolomé de Olmedo, ya otras veces por mí nombrado, que allí se halló:
—«Paréceme, señor padre, que será bien que demos un tiento á Montezuma sobre que nos deje hacer aquí nuestra iglesia.»
Y el padre dijo que seria bien si aprovechase, mas que le parecia que no era cosa convenible hablar en tal tiempo, que no via al Montezuma de arte que en tal cosa concediese, y luego nuestro Cortés dijo al Montezuma, con doña Marina, la lengua:
—«Muy gran señor es vuestra majestad, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades. Lo que os pido por merced es, que pues estamos aquí en este vuestro templo, que nos mostreis vuestros dioses y teules.»
Y Montezuma dijo que primero hablaria con sus grandes papas; y luego que con ellos hubo hablado, dijo que entrásemos en una torrecilla é apartamento á manera de sala, donde estaban dos como altares con muy ricas tablazones encima del techo, é en cada altar estaban dos bultos como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero que estaba á