les traian de comer y beber y muchas flechas, y nosotros todos heridos, y otros soldados atravesados los gaznates, y nos habia muerto ya sobre cincuenta soldados; y viendo que no teniamos fuerzas, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio de sus batallones, y acogernos á los bateles que teniamos en la costa, que fué buen socorro, y hechos todos nosotros un escuadron, rompimos por ellos; pues oir la grita y silbos y vocería y priesa que nos daban de flecha y á mantiniente con sus lanzas, hiriendo siempre en nosotros.
Pues otro daño tuvimos, que, como nos acogimos de golpe á los bateles y éramos muchos, íbanse á fondo, y como mejor pudimos, asidos á los bordes, medio nadando entre dos aguas, llegamos al navío de ménos porte, que estaba cerca, que ya venia á gran priesa á nos socorrer, y al embarcar hirieron muchos de nuestros soldados, en especial á los que iban asidos en las popas de los bateles, y les tiraban al terrero, y entraron en la mar con las lanchas y daban á mantiniente á nuestros soldados, y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquella gente.
Pues ya embarcados en los navíos, hallamos que faltaban cincuenta y siete compañeros, con los dos que llevaron vivos, y con cinco que echamos en la mar, que murieron de las heridas y de la gran sed que pasaron.
Estuvimos peleando en aquellas batallas poco más de media hora. Llámase este pueblo Potonchan, y en las cartas del marear le pusieron por nombre los pilotos y marineros Bahía de Mala Pelea.
Y desque nos vimos salvos de aquellas refriegas, dimos muchas gracias á Dios; y cuando se curaban las heridas los soldados, se quejaban mucho del dolor dellas, que como estaban resfriadas con el agua salada, y estaban muy hinchadas y dañadas, algunos de nuestros soldados maldecian al piloto Anton Alaminos y á su descubrimiento y viaje, porque siempre porfiaba que no era tierra firme, sino isla; donde los dejaré ahora, y diré lo que más nos acaeció.