—«Pues, ¿qué oro teniades vos para los enviar?»
Y el Cárdenas dijo:
—«Si Cortés me diera mi parte de lo que me cabia, con ello se sostuviera mi mujer é hijos, y aun les sobraba; mas mirad qué embustes tuvo, hacernos firmar que sirviésemos á su majestad con nuestras partes, y sacar el oro para su padre Martin Cortés sobre seis mil pesos é lo que escondió; y yo y otros pobres que estamos de noche y de dia batallando, como habeis visto en las guerras pasadas de Tabasco y Tlascala é lo de Cingapacinga é Cholula; y agora estar en tan grandes peligros como estamos, y cada dia la muerte al ojo si se levantasen en esta ciudad, é que se alce con todo el oro é que lleve quinto como rey.»
É dijo otras palabras sobre ello, y que tal quinto no le habiamos de dejar sacar, ni tener tantos reyes, sino solamente á su majestad.
Y replicó su compañero y dijo:
—«Pues ¿esos cuidados os matan, y agora veis que todo lo que traen los caciques y Montezuma se consume en él, uno en papo y otro en saco é otro so el sobaco, y allá va todo donde quiere Cortés y estos nuestros capitanes, que hasta el bastimento todo lo llevan? Por eso dejáos desos pensamientos, y rogad á Dios que en esta ciudad no perdamos las vidas.»
Y así, cesaron sus pláticas, las cuales alcanzó á saber Cortés, y como le decian que habia muchos soldados descontentos por las partes del oro y de lo que habian hurtado del monton, acordó de hacer á todos un parlamento con palabras muy melífluas, y dijo que todo lo que tenia era para nosotros; que él no queria quinto, sino la parte que le cabe de capitan general, y cualquiera que hubiese menester algo que se lo daria; y aquel oro que habiamos habido que era un poco de aire; que mirásemos las grandes ciudades que hay é ricas minas, que todos seriamos señores dellas, y muy prósperos é ricos; y dijo otras razones muy bien dichas, que las sabia bien proponer.