nombre de nuestro Rey y señor, y porque el Cortés y todos sus hermanos iriamos presto á le ver y servir, y cuando allá estemos se dará órden en todo lo que mandare.
Y despues de aquestas pláticas y otras muchas que pasaron, mandó dar á aquellos mancebos, que eran grandes caciques, y á los cuatro viejos que los traian á cargo, que eran hombres principales, diamantes azules y cuentas verdes, y se les hizo honra; y allí delante dellos, porque habia buenos prados, mandó Cortés que corriesen y escaramuzasen Pedro de Albarado, que tenia una muy buena yegua alazana que era muy revuelta, y otros caballeros, de lo cual se holgaron de los haber visto correr; y despedidos y muy contentos de Cortés y de todos nosotros se fueron á su Méjico.
En aquella sazon se le murió el caballo á Cortés, y compró ó le dieron otro que se decia el Arriero, que era castaño escuro, que fué de Ortiz el músico y un Bartolomé García el minero y fué uno de los mejores caballos que venian en el armada.
Dejemos de hablar en esto, y diré que como aquellos pueblos de la sierra, nuestros amigos, y el pueblo de Cempoal solian estar de ántes muy temerosos de los mejicanos, creyendo que el gran Montezuma los habia de enviar á destruir con sus grandes ejércitos de guerreros, y cuando vieron á aquellos parientes del gran Montezuma que venian con el presente por mí nombrado, y á darse por servidores de Cortés y de todos nosotros, estaban espantados, y decian unos caciques á otros que ciertamente éramos teules, pues que Montezuma nos habia miedo, pues enviaba oro en presente. Y si de ántes teniamos mucha reputacion de esforzados, de allí adelante nos tuvieron en mucho más.
Y quedarse ha aquí, y diré lo que hizo el cacique y otros sus amigos.