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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IPublic
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CAPÍTULO LXXVIII.

Y que desde allí se parecia la gran ciudad de Méjico y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados; y está este volcan de Méjico obra de doce ó trece leguas; y despues de bien visto muy gozoso el Ordás, y admirado de haber visto á Méjico y sus ciudades, volvió á Tlascala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlascala se lo tuvieron á mucho atrevimiento, y cuando lo contaban al capitan Cortés y á todos nosotros, como en aquella sazon no habiamos visto ni oido, como ahora, que sabemos lo que es, y han subido encima de la boca muchos españoles y aun Frailes franciscanos, nos admirábamos entónces dello; y cuando fué Diego de Ordás á Castilla lo demandó por armas á su majestad, é así las tiene ahora en su sobrino Ordás que vive en la Puebla; y despues acá desque estamos en esta tierra no le habemos visto echar tanto fuego ni con tanto ruido como al principio, y aun estuvo ciertos años que no echaba fuego, hasta el año de 1539 que echó muy grandes llamas y piedras y ceniza.

Dejemos de contar del volcan, que ahora, que sabemos qué cosa es y habemos visto otros volcanes, como son los de Nicaragua y los de Guatemala, se podian haber callado los de Guaxocingo sin poner en relacion, y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlascala casas de madera hechas de redes, y llenas de indios é indias que tenian dentro encarcelados é á cebo hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar; las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban de ir á cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y dende en adelante en todos los pueblos que entrábamos, lo primero que mandaba nuestro capitan era quebralles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comunmente en todas estas tierras las tenian; y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostró tener mucho enojo de los caciques de Tlascala, y se lo riñó bien enojado, y prometieron desde allí adelante que no matarian ni comerian de aquella manera más indios. Dije yo que qué aprovechaban aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacian las mismas crueldades.

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