misericordia de Dios, que nos daba esfuerzo para nos sustentar; y como el Xicotenga no era obedecido de dos capitanes, y nosotros les haciamos muy gran daño, que les matábamos muchas gentes, las cuales encubrian, porque, como eran muchos, en hiriéndolos á cualquiera de los suyos, luego le apañaban y le llevaban á cuestas; y así en esta batalla como en la pasada no podiamos ver ningun muerto; y como ya peleaban de mala gana, y sintieron que las capitanías de los dos capitanes por mí nombrados no les acudian, comenzaron á aflojar; porque, segun pareció, en aquella batalla matamos un capitan muy principal, que de los otros no los cuento; y comenzaron á retraerse con buen concierto, y los de á caballo á media rienda siguiéndolos poco trecho, porque no se podian ya tener de cansados, y cuando nos vimos libres de aquella tanta multitud de guerreros, dimos muchas gracias á Dios.
Allí nos mataron un soldado é hirieron más de sesenta, y tambien hirieron á todos los caballos; á mi me dieron dos heridas, la una en la cabeza, de pedrada, y otra en un muslo, de un flechazo; mas no eran para dejar de pelear y velar y ayudar á nuestros soldados; y asimismo lo hacian todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas, habiamos de pelear y velar con ellos, porque de otra manera pocos quedaron que estuviesen sin heridas; y luego nos fuimos á nuestro real muy contentos y dando muchas gracias á Dios, y enterramos los muertos en una de aquellas casas que tenian hechas en los soterraños, porque no viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teules, como ellos decian; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos, y se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho.
¡Oh qué mal refrigerio teniamos, que aun aceite para curar heridas ni sal no habia! Otra falta teniamos, y grande, que era ropa para nos abrigar; que venia un viento tan frio de la sierra nevada, que nos hacia tiritar (aunque mostrábamos buen ánimo siempre), porque las lanzas y escopetas y ballestas mal nos cobijaban. Aquella noche dormimos con