Respondió el Ordás que no era buen acuerdo, porque habia para cada uno de nosotros trescientos indios, y que no nos podiamos sostener con tanta multitud, é así estuvimos con ellos sosteniéndonos.
Todavía acordamos de nos llegar cuanto pudiésemos á ellos, como se lo habia dicho el Ordás, por dalles mal año de estocadas; y bien lo sintieron, y separaron luego de la parte de una ciénaga; y en todo este tiempo Cortés con los de á caballo no venia, aunque deseábamos en gran manera su ayuda, y temiamos que por ventura no le hubiese acaecido algun desastre.
Acuérdome que cuando soltábamos los tiros, que daban los indios grandes silbos é gritos, y echaban tierra y pajas en alto porque no viésemos el daño que les haciamos, é tañian entónces trompetas y trompetillas, silbos y voces, y decian Ala lala.
Estando en esto, vimos asomar los de á caballo, é como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de pronto de los de á caballo, como venian por las espaldas; y como el campo era llano é los caballeros buenos jinetes, é algunos de los caballos muy revueltos y corredores, danles tan buena mano, é alanceando á su placer, como convenia en aquel tiempo; pues los que estábamos peleando, como los vimos, dimos tanta priesa en ellos, los de á caballo por una parte é nosotros por otra, que de presto volvieron las espaldas.
Aquí creyeron los indios que el caballo é caballero era todo un cuerpo, como jamás habian visto caballos hasta entónces; iban aquellas habanas é campos llenos dellos, y se acogieron á unos montes que allí habia.
Y despues que los hubimos desbaratado, Cortés nos contó cómo no habia podido venir más presto por causa de una ciénaga, y que estuvo peleando con otros escuadrones de guerreros ántes que á nosotros llegasen, y traia heridos cinco caballeros y ocho caballos.