mar, natural de Pálos.
Y desque el Jerónimo de Aguilar vido que no queria venir, se vino luego con los dos indios mensajeros adonde habia estado el navío aguardándole, y desque llegó no le halló; que ya se habia ido, porque ya se habian pasado los ocho dias, é aun uno más que llevó de plazo de Ordás para que aguardase; porque desque vió el Aguilar no venia, se volvió á Cozumel, sin llevar recaudo á lo que habia venido; y desque el Aguilar vió que no estaba allí el navío, quedó muy triste, y se volvió á su amo al pueblo donde ántes solia vivir.
Y dejaré esto, é diré cuando Cortés vió venir al Ordás sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado, que dijo con palabras soberbias el Ordás que habia creido que otro mejor recaudo trajera que no venirse así sin los españoles ni nueva dellos; porque ciertamente estaban en aquella tierra.
Pues en aquel instante aconteció que unos marineros que se decian los Peñates, naturales de Gibraleon, habian hurtado á un soldado que se decia Berrio ciertos tocinos, y no se los querian dar, y quejóse el Berrio á Cortés; y tomado juramento á los marineros, se perjuraron, y en la pesquisa pareció el hurto; los cuales tocinos estaban repartidos en los siete marineros, é á todos siete los mandó luego azotar; que no aprovecharon ruegos de ningun capitan.
Donde lo dejaré, así esto de los marineros como esto del Aguilar, é nos iremos sin él nuestro viaje hasta su tiempo y sazon.
Y diré cómo venian muchos indios en romería á aquella isla de Cozumel, los cuales eran naturales de los pueblos comarcanos de la Punta de Cotoche y de otras partes de tierra de Yucatan; porque, segun pareció, habia allí en Cozumel ídolos de muy disformes figuras, y estaban en un adoratorio.
En aquellos ídolos tenian por costumbre en aquella tierra por aquel tiempo de sacrificar, y una mañana estaba lleno el patio donde estaban los ídolos, de muchos indios é indias quemando resina, que es como nuestro incienso; y como era cosa nueva para nosotros, paramos á mirar en ello con atencion, y luego se subió encima de un adoratorio un indio viejo con mantas largas, el cual era Sacerdote de aquellos ídolos (que ya he dicho otras veces que Papas los llaman en la Nueva-España) é comenzó á predicalles un rato, é Cortés y todos nosotros miramos en qué paraba aquel negro sermon; é Cortés preguntó á Melchorejo, que entendia muy bien aquella lengua, que qué era aquello que decia aquel indio viejo; é supo que les predicaba