tener agua dulce, y saltaron en tierra quince marineros de los que habian quedado en los navíos, y tres soldados que estaban más sin peligro de los flechazos, y llevaron azadones y tres barriles para traer agua; y el estero era salado, é hicieron pozos en la costa, y era tan amargosa y salada agua como la del estero; por manera que, mala como era, trujeron las vasijas llenas, y no habia hombre que la pudiese beber del amargor y sal, y á dos soldados que la bebieron dañó los cuerpos y las bocas. Habia en aquel estero muchos y grandes lagartos, y desde entónces se puso por nombre el estero de los Lagartos, y así está en las cartas del marear.
Dejemos esta plática, y diré que entre tanto que fueron los bateles por el agua, se levantó un viento nordeste tan deshecho, que íbamos garrando á tierra con los navíos; y como en aquella costa es travesía y reina siempre norte y nordeste, estuvimos en muy gran peligro por falta de cable; y como lo vieron los marineros que habian ido á tierra por el agua, vinieron muy más que de paso con los bateles, y tuvieron tiempo de echar otras anclas y maromas, y estuvieron los navíos seguros dos dias y dos noches; y luego alzamos anclas y dimos vela, siguiendo nuestro viaje para nos volver á la isla de Cuba.
Parece ser el piloto Alaminos se concertó y aconsejó con los otros dos pilotos que desde aquel paraje donde estábamos atravesásemos á la Florida, porque hallaban por sus cartas y grados y alturas que estaria de allí obra de setenta leguas, y que despues, puestos en la Florida, dijeron que era mejor viaje é más cercana navegacion para ir á la Habana que no la derrota por donde habiamos primero venido á descubrir; y así fué como el piloto dijo; porque, segun yo entendí, habia venido con Juan Ponce de Leon á descubrir la Florida, habia diez ó doce años ya pasados.
Volvamos á nuestra materia: que atravesando aquel golfo, en cuatro dias que navegamos vimos la tierra de la misma Florida; y lo que en ella nos acaeció diré adelante.