Nuestra Señora, y como esto se acordó, fué Cortés á los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados, é dijo al Montezuma:
—«Señor, ya muchas veces he dicho á vuestra majestad que no sacrifiqueis más ánimas á estos vuestros dioses, que os traen engañados, y no lo quereis hacer; hágoos, Señor, saber que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen, os vienen á pedir por merced que les deis licencia para los quitar de allí, y pondremos á nuestra Señora Santa María y una cruz; y que si ahora no les dais licencia, que ellos irán á los quitar, y no querria que matasen algun papa.»
Y cuando el Montezuma oyó aquellas palabras y vió ir á los capitanes algo alterados, dijo:
—«¡Oh Malinche, y cómo nos quereis echar á perder toda esta ciudad! Porque estarán muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego, que ahora al presente os sufrais, que yo enviaré á llamar á todos los papas y veré su respuesta.»
Y como aquello oyó Cortés, hizo un ademan que queria hablar muy en secreto al Montezuma solo con el fraile de la Merced, é que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, á los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir; y como se salieron de la sala, dijo al Montezuma que porque no se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen á mal derrocalle sus ídolos, que él trataria con los mismos nuestros capitanes que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciésemos un altar para poner la imágen de nuestra Señora é una cruz, é que el tiempo andando verian cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para dalles la salud y buenas sementeras y prosperidades; y el Montezuma, puesto que con suspiros y semblante muy triste, dijo que él lo trataria con los papas.