repartido, en tal paró todo, como adelante diré en su tiempo.
En aquella sazon muchos de nuestros capitanes mandaron hacer cadenas de oro muy grandes á los plateros del gran Montezuma, que ya he dicho que tenia un gran pueblo dellos, media legua de Méjico, que se dice Escapuzalco; y asimismo Cortés mandó hacer muchas joyas y gran servicio de vajilla, y algunos de nuestros soldados que habian henchido las manos; por manera que ya andaban públicamente muchos tejuelos de oro marcado y por marcar, y joyas de muchas diversidades de hechuras, é el juego largo, con unos naipes que hacian de cuero de atambores, tan buenos é tan bien pintados como los de España; los cuales naipes hacia un Pedro Valenciano, y desta manera estábamos.
Dejemos de hablar en el oro y de lo mal que se repartió y peor se gozó, y diré lo que á un soldado que se decia Fulano de Cárdenas le acaeció. Parece ser que aquel soldado era piloto y hombre de la mar, natural de Triana y del condado; el pobre tenia en su tierra mujer é hijos, y como á muchos nos acaece, debria de estar pobre, y vino á buscar la vida para volverse á su mujer é hijos; é como habia visto tanta riqueza en oro en planchas y en granos de las minas é tejuelos y barras fundidas, y al repartir dello vió que no le daban sino cien pesos, cayó malo de pensamiento y tristeza; y un su amigo, como le veia cada dia tan pensativo y malo, íbale á ver y decíale que de qué estaba de aquella manera y suspiraba tanto; y respondió el piloto Cárdenas:
—«¡Oh cuerpo de tal conmigo! ¿Yo no he de estar malo viendo que Cortés así se lleva todo el oro, y como rey lleva quinto, y ha sacado para el caballo que se le murió y para los navíos de Diego Velazquez y para otras muchas trancanillas, y que muera mi mujer é hijos de hambre, pudiéndolos socorrer cuando fueren los procuradores con nuestras cartas, y le enviamos todo el oro y plata que habiamos habido en aquel tiempo?»
Y respondióle aquel su amigo: