arriba se hacia, adonde tenian un espacio como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras adonde ponian los tristes indios para sacrificar, allí habia un gran bulto como de dragon é otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel dia.
É así como llegamos, salió el gran Montezuma de un adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron con él dos papas, y con mucho acato que hicieron á Cortés é á todos nosotros le dijo:
—«Cansado estareis, señor Malinche, de subir á este nuestro gran templo.»
Y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna; y luego le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que habia dentro en el agua, é otros muchos pueblos en tierra alrededor de la misma laguna; y que si no habia visto bien su gran plaza, que desde allí la podria ver muy mejor; y así lo estuvimos mirando, porque aquel grande y maldito templo estaba tan alto, que todo lo señoreaba; y de allí vimos las tres calzadas que entran en Méjico, que es la de Iztapalapa, que fué por la que entramos cuatro dias habia; y la de Tacuba fué por donde despues de ahí á ocho meses salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlauaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, como adelante diremos; y la de Tepeaquilla; y viamos el agua dulce que venia de Chapultepeque, de que se proveia la ciudad; y en aquellas tres calzadas las puentes que tenian hechas de trecho á trecho, por donde entraba y salia el agua de la laguna de una parte á otra; é viamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venian con bastimentos é otras que venian con cargas é mercaderías; y viamos que cada casa de aquella gran ciudad y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa á casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenian hechas de madera ó en canoas; y viamos en aquellas ciudades cues é adoratorios á