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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IPublic
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CAPÍTULO LXXXVIII.

Ya que llegábamos donde se aparta otra calzadilla que iba á Coyouacan, que es otra ciudad adonde estaban unas como torres, que eran sus adoratorios, vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre sí, con galanía y libreas diferenciadas las de los unos caciques á los otros, y las calzadas llenas dellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma delante á recebirnos; y así como llegaban delante de Cortés decian en sus lenguas que fuésemos bien venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo y besaban la tierra con la mesma mano.

Así que, estuvimos detenidos un buen rato, y desde allí se adelantaron el Cacamacan, Sr. de Tezcuco, y el Sr. de Iztapalapa y el Sr. de Tacuba y el Sr. de Cuyoacan á encontrarse con el gran Montezuma, que venia cerca en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenian vasallos; é ya que llegábamos cerca de Méjico, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanle del brazo aquellos grandes caciques debajo de un pálio muy riquísimo á maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello; y el gran Montezuma venia muy ricamente ataviado, segun su usanza, y traia calzados unos como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro; y muy preciada pedrería encima en ellas; é los cuatro señores que le traian del brazo venian con rica manera de vestidos á usanza, que parece ser se los tenian aparejados en el camino para entrar con su señor, que no traian los vestidos con que nos fueron á recebir: y venian, sin aquellos grandes señores, otros grandes caciques, que traian el pálio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venian delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde habia de pisar, y le ponian mantas porque no pisase la tierra.

Todos estos señores ni por pensamiento le miraban á la cara, sino los ojos bajos é con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que le llevaban del brazo.

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