amigos y confederados, escribió Cortés á Juan de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de hacer la fortaleza y por capitan de obra de sesenta soldados viejos y dolientes que allí quedaron; en las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos ha hecho en las batallas que hubimos en las vitorias y encuentros desde que entramos en la provincia de Tlascala, donde ahora han venido de paz, y que todos diesen gracias á Dios por ello; y que mirasen que siempre favoreciesen á los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que habian dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento, y asimismo trujesen hostias de las que habiamos traido de la isla de Cuba, porque las que trujimos de aquella entrada ya se habian acabado.
En las cuales cartas dice que hubieron mucho placer en la villa, y escribió el Escalante lo que allí habia sucedido, y todo vino muy presto; y en aquellos dias en nuestro real pusimos una cruz muy suntuosa y alta, y mandó Cortés á los indios de Cimpacingo y á los de las casas que estaban junto de nuestro real que encalasen un cu y estuviese bien aderezado.
Dejemos de escribir desto, y volvamos á nuestros nuevos amigos los caciques de Tlascala, que como vieron que no íbamos á su pueblo, ellos venian á nuestro Real con gallinas y tunas, que era el tiempo dellas, y cada dia traian el bastimento que tenian en su casa, y con buena voluntad nos lo daban, sin que quisiesen tomar por ello cosa ninguna aunque se lo dábamos, y siempre rogando á Cortés que se fuese luego con ellos á su ciudad; y como estábamos aguardando á los mejicanos los seis dias, como les prometió, con palabras blandas les detenia; y luego, cumplido el plazo que habian dicho, vinieron de Méjico seis principales, hombres de mucha estima, y trujeron un rico presente que envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas maneras, y ducientas piezas de ropa de mantas muy ricas de pluma y de otras labores, y dijeron á Cortés cuando lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy ahincadamente