Y asimismo trajeron las ocho indias para volver cristianas, que todavía estaban en poder de sus padres y tios, y se les dió á entender que no habian de sacrificar más ni adorar ídolos, salvo que habian de creer en nuestro Señor Dios; y se les amonestó muchas cosas tocantes á nuestra santa fe, y se bautizaron, y se llamó á la sobrina del cacique gordo doña Catalina, y era muy fea; aquella dieron á Cortés por la mano, y la recibió con buen semblante; á la hija de Cuesco, que era un gran cacique, se puso por nombre doña Francisca; esta era muy hermosa para ser india, y la dió Cortés á Alonso Hernandez Puertocarrero; las otras seis ya no se me acuerda el nombre de todas, mas sé que Cortés las repartió entre soldados.
Y despues desto hecho, nos despedimos de todos los caciques y principales, y dende adelante siempre les tuvieron muy buena voluntad, especialmente cuando vieron que recibió Cortés sus hijas y las llevamos con nosotros, y con muy grandes ofrecimientos que Cortés les hizo que les ayudaria, nos fuimos á nuestra Villa-Rica, y lo que allí se hizo lo diré adelante.
Esto es lo que pasó en este pueblo de Cempoal, y no otra cosa que sobre ello hayan escrito el Gómora ni los demás coronistas.