Pues desque llegamos cerca de Iztapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron á recibir, que fué el señor del pueblo, que se decia Coadlauaca, y el señor de Cuyoacan, que entrambos eran deudos muy cercanos de Montezuma; y de cuando entramos en aquella villa de Iztapalapa de la manera de los palacios en que nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios é cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con paramentos de algodon.
Despues de bien visto todo aquello, fuimos á la huerta y jardin, que fué cosa muy admirable vello y pasallo, que no me hartaba de mirallo y ver la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenia, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce; y otra cosa de ver, que podrian entrar en el verjel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenia hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido de muchas maneras de piedras, y pinturas en ellas, que habia harto que ponderar, y de las aves de muchas raleas y diversidades que entraban en el estanque.
Digo otra vez que lo estuve mirando, y no creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como estas; porque en aquel tiempo no habia Perú ni memoria dél. Agora toda esta villa está por el suelo perdida, que no hay cosa en pié.
Pasemos adelante, y diré cómo trujeron un presente de oro los caciques de aquella ciudad y los de Cuyoacan, que valía sobre dos mil pesos, y Cortés les dió muchas gracias por ello y les mostró grande amor, y se les dijo con nuestras lenguas las cosas tocantes á nuestra santa fe, y se les declaró el gran poder de nuestro señor el Emperador; é porque hubo