Y lo primero que le dijeron, que se ha holgado que hombres tan esforzados vengan á su tierra, como le han dicho que somos, porque sabia lo de Tabasco; y que deseara mucho ver á nuestro gran Emperador, pues tan gran señor es, pues de tan léjas tierras como venimos tiene noticia dél, é que le enviaria un presente de piedras ricas, é que entretanto que allí en aquel puerto estuviéremos, si en algo nos puede servir que lo hará de buena voluntad; é cuanto á las vistas, que no curasen dellas, que no habia para qué; poniendo muchos inconvenientes.
Cortés les tornó á dar las gracias con buen semblante por ello, y con muchos halagos dió á cada gobernador dos camisas de Holanda y diamantes azules y otras cosillas, y les rogó que volviesen por su embajador á Méjico á decir á su señor el gran Montezuma que, pues habiamos pasado tantas mares y veniamos de tan léjas tierras solamente por le ver y hablar de su persona á la suya, que así se volviese, que no lo receberia de buena manera nuestro gran rey y señor, y que adonde quiera que estuviese le quiere ir á ver y hacer lo que mandare.
Y los embajadores dijeron que irian y se lo dirian; que las vistas que dice, que entienden que son por demás.
Y envió Cortés con aquellos mensajeros á Montezuma de la pobreza que traiamos que era una copa de vidrio de Florencia, labrada y dorada, con muchas arboledas y monterías que estaban en la copa, y tres camisas de Holanda y otras cosas, y les encomendó la respuesta.
Fuéronse estos dos gobernadores, y quedó en el real Pitalpitoque, que parece ser lo dieron cargo los demás criados de Montezuma para que trujese la comida de los pueblos más cercanos.
Dejallo hé aquí, y diré lo que en nuestro real pasó.