sus lanzas hirieron los caballos; y cuando los nuestros vieron tan bravosamente pelear, y sus caballos heridos, procuraron de hacer lo que eran obligados, y mataron cinco dellos; y estando en esto, viene muy de presto y con gran furia un escuadron de tlascaltecas, que estaba en celada, de más de tres mil dellos, y comenzaron á flechar en todos los nuestros de á caballo, que ya estaban juntos todos, y dan una refriega; y en este instante llegamos con nuestra artillería, escopetas y ballestas, y poco á poco comenzaron á volver las espaldas, puesto que se detuvieron buen rato peleando con buen concierto.
Y en aquel rencuentro hirieron á cuatro de los nuestros, y paréceme que desde allí á pocos dias murió el uno de las heridas; y como era tarde, se fueron los tlascaltecas recogiendo, y no los seguimos; y quedaron muertos hasta diez y siete dellos, sin muchos heridos; y desde aquellas sierras pasamos adelante, y era llano y habia muchas casas de labranzas de maíz y magiales, que es de lo que hacen el vino; y dormimos cabe un arroyo, y con el unto de un indio gordo que allí matamos, que se abrió, se curaron los heridos; que aceite no lo habia; y tuvimos muy bien de cenar de unos perrillos que ellos crian, puesto que estaban todas las casas despobladas, y alzado el hato, y aunque los perrillos llevaban consigo, de noche se volvian á sus casas, y allí los apañábamos, que era harto buen mantenimiento; y estuvimos toda la noche muy á punto con escuchas y buenas rondas y corredores del campo, y los caballos ensillados y enfrenados, por temor no diesen sobre nosotros.
Y quedarse ha aquí, y diré las guerras que nos dieron.