como todos nosotros; tantos le haciamos, y no se le echó prisiones ningunas; y luego le vinieron á ver todos los mayores principales mejicanos y sus sobrinos, é hablar con él y á saber la causa de su prision y si mandaba que nos diesen guerra; y el Montezuma les respondia que él holgaba de estar algunos dias allí con nosotros de buena voluntad, y no por fuerza; y cuando él algo quisiese, que se lo diria, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad ni tomasen pesar dello, porque aquesto que ha pasado de estar allí, que su Huichilóbos lo tiene por bien, y se lo han dicho ciertos papas que lo saben, que hablaron con su ídolo sobre ello; y desta manera que he dicho fué la prision del gran Montezuma; y allí donde estaba tenia su servicio y mujeres y baños en que se bañaba, y siempre á la contina estaban en su compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo á estar preso sin mostrar pasion en ello; y allí venian con pleitos embajadores de léjas tierras y le traian sus tributos, y despachaba negocios de importancia.
Acuérdome que cuando venian ante él grandes caciques de otras tierras sobre términos y pueblos é otras cosas de aquel arte, que por muy gran señor que fuese se quitaba las mantas ricas, y se ponia otras de nequen y de poca valía, y descalzo habia de venir; y cuando llegaba á los aposentos no entraba derecho, sino por un lado dellos, y cuando parecian delante del gran Montezuma, los ojos bajos en la tierra; y ántes que á él llegasen le hacian tres reverencias y le decian: «Señor, mi señor, gran señor;» y entónces le traian pintado é dibujado el pleito ó negocio sobre que venian, en unos paños ó mantas de nequen, y con unas varitas muy delgadas y pulidas le señalaban la causa del pleito; y estaban allí junto al Montezuma dos hombres viejos, grandes caciques, y cuando bien habian entendido el pleito aquellos jueces, le decian al Montezuma la justicia que tenian, y con pocas palabras los despachaba y mandaba quién habia de llevar las tierras ó pueblos; y sin más replicar en ello, se salian los pleiteantes sin volver las espaldas, y con las tres reverencias se salian hasta la sala, y cuando se veian fuera de su presencia del Montezuma se ponian otras mantas ricas y se paseaban por Méjico.