“¿Nada… perturbador?”
—Tenía una herencia hace apenas un año —dije—. ¿Pero por qué no? ¿Por qué no habría de tenerla? Juraría que el hombre es completamente honrado y de fiar.
—Sin duda, sin duda —dijo Poirot con tono conciliador—. No se altere.
Hobló como si le hablase a un niño malcriado.
Entramos todos en tropel al comedor. Parecía increíble que hubieran pasado menos de veinticuatro horas desde la última vez que me senté a esa mesa.
Después, la señora Ackroyd me tomó Aparte y se sentó conmigo en un sofá.
—No puedo evitar sentirme un poco herida —murmuró, sacando un pañuelo del tipo que evidentemente no está hecho para llorar en él—. Herida, digo, por la falta de confianza de Roger en mí. Esos veinte mil libras debieron habérseme dejado a mí, no a Flora. A una madre se le puede confiar la salvaguarda de los intereses de su hijo. Una falta de confianza, lo llamo yo.
—Se olvida, señora Ackroyd —le dije—, de que Flora era sobrina carnal de Ackroyd, sangre de su sangre. Habría sido diferente si usted hubiera sido su hermana en lugar de su cuñada.
—Como la viuda del pobre Cecil, creo que se