de todo esto, eso es lo que digo. ¡Entre tú y yo, Sheppard, he oído mencionar la palabra chantaje!
El coronel me dirigió esa mirada que podría catalogarse como la de «un hombre de mundo a otro».
—Una mujer detrás, sin duda —dijo—. Creedme, hay una mujer detrás.
Caroline y la señorita Gannett se nos unieron en ese momento. La señorita Gannett se tomó un café mientras Caroline sacaba la caja del mahjong y volcaba las fichas sobre la mesa.
—Lavar los azulejos —dijo el coronel en tono de broma—. Así es, lavar los azulejos, como solíamos decir en el Club de Shanghái.
Es la opinión privada tanto de Caroline como mía que el coronel Carter no ha pisado el Club de Shanghái en su vida. Es más, que jamás ha estado más al este de la India, donde hizo malabarismos con latas de carne en conserva y mermelada de ciruela y manzana durante la Gran Guerra. Pero el coronel es obstinadamente militar, y en King’s Abbot permitimos que la gente dé rienda suelta a sus pequeñas manías.
“¿Empezamos?”, dijo Caroline.
Nos sentamos alrededor de la mesa. Durante unos cinco minutos hubo un silencio completo, debido a que existe una tremenda competición secreta entre nosotros acerca de quién puede construir su muro más rápido.
—Sigue, James —dijo por fin Caroline—. Tú eres el Viento del Este.
Descarté una ficha. Pasaron una o dos rondas, interrumpidas por los monótonos comentarios de «Tres de bambú», «Dos de círculos», «Pung» y, con frecuencia, por parte de la señorita Gannett, «Despung», debido a la costumbre de dicha dama de cantar a la ligera fichas a las que no tenía derecho.