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nydus/The Murder of Roger AckroydPublic
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III. El hombre que cultivaba calabacines

Empecé a interesarme más por nuestro misterioso vecino. Un hombre capaz de callar a Caroline y enviarla de regreso, cual Reina de Saba, con las manos vacías, tiene que ser toda una personalidad.

—Creo —dijo Caroline— que tiene una de esas aspiradoras nuevas...

Vi un préstamo meditado y la oportunidad de seguir interrogando brillando en su mirada. Aproveché la ocasión para escapar al jardín. Me gusta bastante la jardinería.

Estaba yo exterminando afanosamente raíces de diente de león cuando un grito de advertencia sonó muy cerca y un cuerpo pesado silbó junto a mis oídos y cayó a mis pies con un chapoteo repulsivo. ¡Era una calabaza alargada!

Miré hacia arriba con enojo. Por encima del muro, a mi izquierda, apareció una cara. Una cabeza con forma de huevo, parcialmente cubierta con un pelo sospechosamente negro, dos enormes bigotes y un par de ojos atentos. Era nuestro misterioso vecino, el señor Porrott.

Comenzó de inmediato a prodigar fluidas disculpas.

—Le pido mil perdones, monsieur. Me encuentro sin defensa. Desde hace algunos meses cultivo las calabazas. Esta mañana, de repente, me encolerizo con estas calabazas. Las mando a pasear... ¡ay!, no solo mentalmente, sino físicamente. Cojo la más grande. La arrojo por encima del muro. Monsieur, estoy avergonzado. Me prosterno.

Ante tan profusas disculpas, mi enfado se vio obligado a desvanecerse. Al fin y al cabo, la maldita verdura no me había golpeado. Pero esperaba sinceramente que lanzar grandes hortalizas por encima de los muros no fuera la nueva afición de nuestro amigo. Dicha costumbre difícilmente podría hacer que nos cayera bien como vecino.

El extraño hombrecito pareció leer mis pensamientos.

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