Se recostó en su silla y me miró de manera significativa, y cuando Caroline te mira de manera significativa, es imposible no darse cuenta.
—No sé a qué se refiere —dije, con absoluta falta de veracidad—. ¿Por qué no habría de consultarme la señorita Russell sobre su mala rodilla?
—Mala rodiza —dijo Caroline—. ¡Ni cuentos chinos! Ni mala rodilla ni nada que se le parezca. Iba tras otra cosa.
—¿Qué? —pregunté.
Caroline tuvo que admitir que no lo sabía.
“Pero créame, a eso era a lo que intentaba llegar; al señor Poirot, digo. Hay algo turbio en esa mujer, y él lo sabe”.
—Exactamente el comentario que la señora Ackroyd me hizo ayer —dije—. Que había algo sospechoso en la señorita Russell.
—¡Ah! —dijo Carolina sombríamente—, ¡la señora Ackroyd! ¡Ahí tenemos a otra!
—¿Otro qué?
Caroline se negó a explicar sus observaciones. Se limitó a asentir con la cabeza varias veces, enrollando su labor de punto, y subió a ponérse la blusa alta de seda malva y el medallón de oro que llama arreglarse para cenar.
Me quedé allí mirando fijamente el fuego y dándole vueltas a las palabras de Caroline. ¿Había venido realmente Poirot para obtener información sobre la señorita Russell, o era solo la mente tortuosa de Caroline la que lo interpretaba todo según sus propias ideas?
Ciertamente no había habido nada en los modales de la señorita Russell esa mañana como para despertar sospechas. Al menos—