Cena en Fernly
Faltaban pocos minutos para las siete y media cuando toqué el timbre de la puerta principal de Fernly Park. La puerta fue abierta con admirable rapidez por Parker, el mayordomo.
La noche era tan hermosa que había preferido venir a pie. Entré en el gran recibidor y Parker me quitó el abrigo. En ese momento, el secretario de Ackroyd, un joven muy agradable llamado Raymond, cruzó el vestíbulo camino del estudio de Ackroyd, con las manos llenas de papeles.
—Buenas noches, doctor. ¿Viene a cenar? ¿O se trata de una visita profesional?
Lo último era una alusión a mi maletín negro, que había dejado sobre el arca de roble.
Le expliqué que esperaba en cualquier momento ser