la debilidad se hace notar: he aquí una oportunidad de dinero—una gran cantidad de dinero. Quiere dinero—lo desea—y es muy fácil. No tiene que hacer nada para conseguirlo—simplemente guardar silencio. Ese es el principio. El deseo de dinero crece. ¡Tiene que tener más—y más! Está intoxicado por la mina de oro que se ha abierto a sus pies. Se vuelve avaro. Y en su avaricia va demasiado lejos.
Se puede presionar a un hombre tanto como se quiera, pero con una mujer no hay que presionar demasiado. Pues una mujer lleva en el fondo del corazón un gran deseo de decir la verdad. ¡Cuántos maridos que han engañado a sus mujeres se van cómodamente a la tumba llevándose su secreto! ¡Cuántas mujeres que han engañado a sus maridos arruinan sus vidas echándoselo en cara a esos mismos maridos! Las han presionado demasiado. En un momento de imprudencia (del que luego se arrepentirán, bien entendu) echan la seguridad a los vientos y se vuelven acorraladas, proclamando la verdad con gran satisfacción momentánea para ellas. Así fue, creo yo, en este caso. La tensión era demasiado grande. Y así surgió vuestro refrán, la muerte de la gallina de los huevos de oro.
Pero ese no es el final. La amenaza de quedar al descubierto se cernía sobre el hombre del que estamos hablando. Y