supuse que era. Lo noté, por decirlo así, de forma totalmente mecánica, sin concederle ninguna importancia en aquel momento.
Abrí la puerta y entré. Al hacerlo, casi choco con la señorita Russell, que justo estaba saliendo. Ambos nos disculpamos.
Por primera vez me sorprendí evaluando al ama de llaves y pensando en lo hermosa que debió haber sido en su día; de hecho, en lo que a eso respecta, aún lo era. Su cabello oscuro no tenía mechas grises y, cuando se sonrojaba, como le ocurría en ese minuto, la severidad de sus facciones no era tan evidente.
Casi inconscientemente me pregunté si había estado fuera, pues respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo.
“Me temo que he llegado unos minutos antes”, dije.
“¡Oh! No me parece. Son más de las siete y media, doctor Sheppard”. Hizo una pausa de un minuto antes de decir: “Yo… no sabía que lo esperaban a cenar esta noche. El señor Ackroyd no lo mencionó”.
Recibí la vaga impresión de que cenar allí le había disgustado de algún modo, pero no alcanzaba a imaginar por qué.
—¿Cómo va la rodilla? —inquirí.
—Más o menos igual, gracias, doctor. Debo marcharme ya. La señora Ackroyd bajará en un momento. Yo… solo entré aquí para ver si las flores estaban bien.
Salió rápidamente de la habitación. Me acerqué paseando a la ventana, extrañado por su evidente deseo de justificar su presencia en el cuarto. Al hacerlo,