El hombrecito lo hizo realmente muy bien.
Tras un poco más de conversación, nos llevaron a entrevistar al prisionero.
Era un muchacho joven, diría que de no más de veintidós o veintitrés años. Alto, delgado, con las manos ligeramente temblorosas y los indicios de una fuerza física considerable algo venida a menos.
Su cabello era oscuro, pero sus ojos, azules y esquivos, rara vez sostenían una mirada de frente. Yo había abrigado todo el tiempo la ilusión de que había algo familiar en la figura que había encontrado aquella noche, pero si este era en verdad él, estaba completamente equivocado. No me recordaba en lo más mínimo a nadie que conociera.
—Muy bien, Kent —dijo el superintendente—. Levántate. Aquí hay unos visitantes que han venido a verte. ¿Reconoces a alguno?
Kent nos miró con hostilidad y el ceño fruncido, pero no respondió. Vi su mirada vacilar entre los tres y volver a posarse en mí.
—Bueno, señor —me dijo el superintendente—, ¿qué me dice?
—La altura es la misma —dije—, y en lo que respecta al aspecto general, bien podría ser el hombre en cuestión. Más allá de eso, no podría asegurar nada.
—¿Qué demonios significa todo esto? —preguntó Kent—. ¿Qué tienes contra mí? ¡Venga, suéltalo! ¿Qué supuestamente he hecho?
Asentí con la cabeza.
—Es el hombre —dije—. Le reconozco la voz.
“¿Reconoces mi voz, verdad? ¿Dónde crees que la has oído antes?”