la vista—. Es algo bastante único; una curiosidad, diría yo, por el aspecto que tiene.
Se inclinó, examinando el mango atentamente, y le oí emitir un gruñido de satisfacción.
Luego, con sumo cuidado, presionó con las manos por debajo de la empuñadura y extrajo la hoja de la herida. Aún sosteniéndola de tal modo que no tocaba el mango, la colocó en una ancha taza de porcelana que adornaba la chimenea.
—Sí —dijo, asintiendo con la cabeza hacia ella—. Toda una obra de arte. No debe haber muchas por ahí.
Era en verdad un hermoso objeto.
Una hoja estrecha y afilada, y una empuñadura de metales intrincadamente entrelazados, de una laboriosa y curiosa factura.
Tocó la hoja con cautela con el dedo, probando su filo, e hizo una mueca de aprobación.