Me miró de manera suplicante, como si me pidiera que le compadeciera por aquella llamativa peculiaridad.
—Es una costumbre que tienen —asentí.
“Y el tono cambió; se volvió bastante ofensivo. Le aseguro, doctor, que me estaba poniendo de los nervios. No podía dormir por las noches. Y una aleteo terrible alrededor del corazón. Y entonces recibí una carta de un caballero escocés; de hecho, fueron dos cartas, ambos caballeros escoceses. El señor Bruce MacPherson era uno, y el otro era Colin MacDonald. Toda una coincidencia”.
—Tanto como eso, no —dije con sequedad—. Suelen ser caballeros escoceses, pero sospecho que hay algo de sangre semítica en su linaje.
“De diez libras a diez mil solo con un pagaré —murmuró la señora Ackroyd con nostalgia—. Le escribí a uno de ellos, pero parecía que había dificultades”.
Hizo una pausa.
Comprendí que estábamos pisando terreno delicado. Jamás he conocido a nadie que cueste tanto llevar al grano.
—Verá —murmuró la señora Ackroyd—, todo es cuestión de expectativas, ¿no cree? Expectativas testamentarias. Y aunque, por supuesto, esperaba que Roger proveyera para mí, no lo sabía. Pensé que si tan solo pudiera echar un vistazo a una copia de su testamento —no en el sentido de una curiosidad vulgar—, sino simplemente para poder hacer mis propios arreglos.
Me miró de reojo. La situación era ahora en verdad muy delicada. Afortunadamente las palabras, sutilmente empleadas, sirven para enmascarar la fealdad de los hechos desnudos.