era extraordinariamente apuesto. De casi seis pies de estatura, perfectamente proporcionado, con la gracia natural de un atleta, era moreno, como su madre, con un rostro hermoso y bronceado siempre dispuesto a estallar en una sonrisa. Ralph Paton era de aquellos que nacen para encantar con facilidad y sin esfuerzo. Era indulgente consigo mismo y derrochador, sin veneración alguna por nada en la tierra, pero aun así era adorable, y todos sus amigos le profesaban una gran devoción.
¿Podría hacer algo con el muchacho? Creí que sí.
Averiguando en el Tres Jabalíes, descubrí que el capitán Paton acababa de llegar. Subí a su habitación y entré sin anunciarme.
Por un momento, recordando lo que había oído y visto, dudé de