rico cuando el viejo estire la pata. Es más tacaño que nadie, pero en realidad está forrado. No quiero que se ponga a modificar su testamento. Déjamelo a mí y no te preocupes». Esas fueron sus palabras exactas. Las recuerdo perfectamente. Desafortunadamente, justo en ese momento pisé una ramita seca o algo así, y bajaron la voz y se alejaron. Por supuesto, no podía salir corriendo tras ellos, así que no pude ver quién era la
—Debió de ser de lo más irritante —dije—. Supongo, sin embargo, que se dio prisa en ir a los Tres Jabalíes, se sintió mareado y entró en el bar a tomar una copa de coñac, y así pudo comprobar si las dos camareras estaban de servicio.
—No era una camarera —dijo Caroline sin vacilar—. De hecho, estoy casi segura de que era Flora Ackroyd, solo que...
—Solo que no parece tener sentido —asentí—. Pero si no fue Flora, ¿quién pudo haber sido?
Rápidamente mi hermana repasó una lista de doncella que vivían en el vecindario, con profusas razones a favor y en contra. Cuando hizo una pausa para respirar, murmuré algo sobre un paciente y me escabullí.
Propuse encaminarme hacia los Tres Jabalíes. Parecía probable que Ralph Paton ya hubiera regresado allí.
Conocía muy bien a Ralph; mejor, tal vez, que nadie en King’s Abbot, pues había conocido a su madre antes que a él, y por eso comprendía muchas cosas en él que desconcertaban a los demás. Era, hasta cierto punto, víctima de la herencia. No había heredado la propensión fatal de su madre por la bebida, pero, sin embargo, llevaba en su interior una veta de debilidad. Tal como mi nuevo amigo de esta mañana había declarado,