dentro. El señor Ackroyd debe de haberse encerrado y posiblemente se haya quedado dormido de repente.
Me agaché y comprobé la afirmación de Parker.
—Me parece que está bien —dije—, pero, de todas formas, Parker, voy a despertar a su amo. No me quedaría tranquilo yendo a casa sin oír de sus propios labios que se encuentra perfectamente.
Diciendo esto, sacudí el picaporte y llamé: «Ackroyd, Ackroyd, un momento».
Pero aun así no hubo respuesta. Miré por encima del hombro.
—No quiero alarmar a la servidumbre —dije con vacilación.
Parker cruzó y cerró la puerta que comunicaba con el gran vestíbulo por el que habíamos venido.
«Creo que ya estará bien así, señor. La sala de billar está al otro lado de la casa, y también las dependencias de la cocina y los dormitorios de las señoras».
Asentí con comprensión. Luego volví aporrear la puerta frenéticamente y, agachándome, le grité prácticamente por el ojo de la cerradura: —¡Ackroyd, Ackroyd! Soy Sheppard. Déjeme entrar.
Y aun así—silencio. Ni una señal de vida desde el interior de la habitación cerrada con llave. Parker y yo nos miramos.
—Mire usted, Parker —le dije—, voy a derribar esta puerta... o mejor dicho, la vamos a derribar. Yo asumiré la responsabilidad.
—Como usted diga, señor —dijo Parker, bastante dudoso.
“Pues sí que lo digo. Estoy