—Si jugaras un poco más rápido, querida —dijo Caroline, mientras la señorita Gannett dudaba sobre qué ficha descartar—. Los chinos ponen las fichas tan rápido que parece el repiqueteo de pajaritos.
Durante unos minutos jugamos como los chinos.
—No ha contribuido usted mucho al cúmulo de información, Sheppard —dijo el coronel Carter con afabilidad—. Es usted un zorro astulado. Íntimo del gran detective, y ni una sola pista sobre por dónde van los tiros.
—James es una criatura extraordinaria —dijo Caroline—. No logra desprenderse de la información.
Me miró con cierto descontento.
“Le aseguro —dije— que no sé nada. Poirot se guarda sus secretos”.
—Hombre sabio —dijo el coronel soltando una risita—. No se descubre. Pero son tipos maravillosos, estos detectives extranjeros. Capaces de cualquier ardid, según creo.
—Pung —dijo la señorita Gannett, en un tono de silencioso triunfo—. Y mah-jongg.
La situación se volvió más tensa. Fue la irritación porque la señorita Gannett había hecho mah-jongg por tercera vez consecutiva lo que llevó a Caroline a decirme mientras construíamos una nueva muralla:
«Eres demasiado tedioso, James. ¡Te sientas ahí como un pasmarote y no dices absolutamente nada!»
—Pero, querida —protesté—, la verdad es que no tengo nada que decir; es decir, de la clase a la que te refieres.