negarlo; pero no vacilo en afirmar de ella que es, en muchos puntos importantes, incompleta y parcial, y que si ideas y sentimientos no sancionados por ella no hubieran contribuido a la formación de la vida y el carácter europeos, los asuntos humanos estarían en peores condiciones de lo que están ahora.
La moralidad cristiana (así llamada) tiene todos los caracteres de una reacción; es, en gran parte, una protesta contra el paganismo.
Su ideal es negativo más bien que positivo; pasivo más bien que activo; la inocencia más bien que la nobleza; la abstinencia del mal, más bien que la búsqueda enérgica del bien: en sus preceptos (como bien se ha dicho) el «no harás» predomina indebidamente sobre el «harás».
En su horror por la sensualidad, hizo un ídolo del ascetismo, el cual se ha ido transigiendo gradualmente hasta convertirse en uno de legalidad. Mantiene la esperanza del cielo y la amenaza del infierno como los motivos señalados y apropiados para una vida virtuosa: cayendo con esto muy por debajo de lo mejor de los antiguos, y haciendo todo lo posible para dar a la moral humana un carácter esencialmente egoísta, al desconectar los sentimientos de deber de cada hombre de los intereses de sus semejantes, excepto en la medida en que se le ofrece un incentivo interesado para tenerlos en cuenta.