(que puso la dirección de las conciencias humanas en otras manos que las que controlaban sus asuntos mundanos), impidieron una injerencia tan grande de la ley en los detalles de la vida privada; pero los mecanismos de represión moral se han manejado con más rigor contra la divergencia respecto a la opinión dominante en los asuntos referidos a uno mismo que incluso en los de carácter social; dado que la religión —el más poderoso de los elementos que han entrado en la formación del sentimiento moral— ha estado casi siempre gobernada ya sea por la ambición de una jerarquía, que busca el control sobre todos los departamentos de la conducta humana, ya sea por el espíritu del puritanismo.
Y algunos de esos reformadores modernos que se han colocado en más abierta oposición a las religiones del pasado, no se han quedado a la zaga ni de las iglesias ni de las sectas en su afirmación del derecho de dominación espiritual: M. Comte, en particular, cuyo sistema social, tal como se despliega en su Traité de Política Positive, aspira a establecer (aunque mediante recursos morales más que legales) un despotismo de la sociedad sobre el individuo que supera todo lo contemplado en