razones como porque, lejos de ser respaldada de ningún modo por el principio de la libertad, es una infracción directa de dicho principio, al ser un mero remache de las cadenas de una mitad de la comunidad y una emancipación de la otra respecto a la reciprocidad de obligaciones hacia ellas. Aun así, debe recordarse que esta relación es tan voluntaria por parte de las mujeres implicadas en ella, y que pueden ser consideradas las víctimas de la misma, como ocurre con cualquier otra forma de la institución matrimonial; y por muy sorprendente que este hecho pueda parecer, tiene su explicación en las ideas y costumbres comunes del mundo, las cuales, al enseñar a las mujeres a considerar el matrimonio como lo único necesario, hacen comprensible que muchas mujeres prefieran ser una de varias esposas a no ser esposa en absoluto. A otros países no se les pide que reconozcan tales uniones, ni que liberen a ninguna parte de sus habitantes de sus propias leyes a causa de las opiniones de los mormones. Pero cuando los disidentes han cedido a los sentimientos hostiles de los demás mucho más de lo que cabría exigir con justicia; cuando han abandonado los países en los que sus doctrinas eran inaceptables y se han establecido en un rincón remoto de la Tierra, que han sido los primeros en hacer habitable para los seres humanos; es difícil ver bajo qué principios, que no sean los de la tiranía, se les puede impedir vivir allí bajo las leyes que les plazcan, siempre que no cometan ninguna agresión contra otras naciones y permitan una perfecta libertad de marcha a quienes estén insatisfechos con sus costumbres. Un escritor reciente, de considerable mérito en algunos aspectos, propone (para usar sus propias palabras), no una cruzada, sino una «civilizade» [civilizade], contra esta comunidad polígama, para poner fin a lo que le parece un paso retrógrado en la civilización. A mí también me lo parece, pero no tengo noticia de que ninguna comunidad tenga derecho a forzar a otra a ser civilizada. Mientras las víctimas de la mala ley no invoquen la asistencia de otras comunidades, no puedo admitir que personas totalmente ajenas a ellas deban intervenir y exigir que se ponga fin a un estado de cosas con el que todos los directamente interesados parecen estar satisfechos,
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IV. De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo
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