otra manera. El hábito constante de corregir y completar la propia opinión cotejándola con la de los demás, lejos de causar duda y vacilación al llevarla a la práctica, es el único fundamento estable para una confianza justa en ella: pues, siendo consciente de todo lo que puede, al menos de manera obvia, decirse en su contra, y habiendo adoptado su posición frente a todos los contradictores —sabiendo que ha buscado objeciones y dificultades, en vez de evitarlas, y que no ha excluido ninguna luz que pueda arrojar sobre el tema desde ningún punto—, tiene derecho a pensar que su juicio es mejor que el de cualquier persona, o cualquier multitud, que no haya pasado por un proceso similar.
No es demasiado exigir que aquello que los más sabios de la humanidad, aquellos que están más autorizados a confiar en su propio juicio, consideran necesario para justificar su confianza en él, sea acatado por esa heterogénea colección de unos pocos sabios y muchos necios llamada el público. La más intolerante de las iglesias, la Iglesia Católica Romana, incluso en la canonización de un santo, admite y escucha pacientemente a un «abogado del diablo». El más santo de los hombres, al parecer, no puede ser admitido a los honores póstumos hasta que todo lo que el diablo pueda decir en su contra sea conocido y sopesado. Si ni siquiera a la filosofía newtoniana se le permitiera ser cuestionada, la humanidad no podría sentir una seguridad tan completa de su verdad como la que tiene ahora. Las creencias de las que tenemos mayores garantías no tienen más salvaguardia en la que apoyarse que una invitación permanente a todo el mundo para que pruebe que carecen de fundamento. Si el desafío no es aceptado, o es aceptado y el intento fracasa, todavía estamos bastante lejos de la certeza; pero hemos hecho lo mejor que el estado actual de la razón humana permite; no hemos omitido nada que