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III. De la individualidad, como uno de los elementos del bienestar

susceptibilidades intensas que hacen que los impulsos personales sean vívidos y poderosos son también la fuente de donde surgen el amor más apasionado por la virtud y el más severo autocontrol. Es mediante el cultivo de estas cualidades como la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses: no rechazando la materia de la que están hechos los héroes, por no saber cómo fabricarlos.

Una persona cuyos deseos e impulsos son propios —son la expresión de su propia naturaleza, tal como ha sido desarrollada y modificada por su propia cultura— se dice que tiene carácter. Aquel cuyos deseos e impulsos no son propios, no tiene carácter, ni más ni menos que una máquina de vapor tiene carácter. Si, además de ser propios, sus impulsos son fuertes y están bajo el gobierno de una voluntad fuerte, tiene un carácter enérgico. Quienquiera que piense que no debe alentarse el desarrollo de la individualidad de los deseos e impulsos, debe sostener que la sociedad no tiene necesidad de naturalezas fuertes —que no sale ganando por contener a muchas personas que tienen mucho carácter— y que un alto promedio general de energía no es deseable.

En algunos estados primitivos de la sociedad, estas fuerzas pudieron ser, y lo fueron, demasiado superiores al poder que la sociedad poseía entonces para disciplinarlas y controlarlas. Hubo un tiempo en que el elemento de espontaneidad e individualidad era excesivo, y el principio social libró una dura lucha contra él. La dificultad entonces consistía en inducir a los hombres de cuerpos o mentes vigorosos a obedecer cualquier regla que les exigiere controlar sus impulsos. Para superar esta dificultad, la ley y la disciplina, al igual que los Papas luchando contra los Emperadores, afirmaron un poder sobre el hombre entero, pretendiendo controlar toda su vida con el fin de controlar su carácter —un poder para el cual la sociedad no había hallado ningún otro medio suficiente de atadura.

Pero la sociedad se ha impuesto ya bastante sobre la individualidad; y el peligro que amenaza a la naturaleza humana no es el exceso, sino la

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