fueron obra de unos pocos usurpadores y que, en cualquier caso, pertenecían, no al funcionamiento permanente de las instituciones populares, sino a un estallido repentino y convulsivo contra el despotismo monárquico y aristocrático.
Con el tiempo, sin embargo, una república democrática llegó a ocupar una gran porción de la superficie de la Tierra, y se hizo sentir como uno de los miembros más poderosos de la comunidad de naciones; y el gobierno electivo y responsable quedó sujeto a las observaciones y críticas que aguardan a un gran hecho existente.
Se percibió entonces que frases tales como «el autogobierno» y «el poder del pueblo sobre sí mismo» no expresan el verdadero estado de las cosas. El «pueblo» que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo que aquel sobre el cual se ejerce; y el «autogobierno» del que se habla no es el gobierno de cada uno por sí mismo, sino el de cada uno por todos los demás.
La voluntad del pueblo, por otra parte, significa en la práctica la voluntad de la parte más numerosa o más activa del pueblo; la mayoría, o aquellos que logran hacerse aceptar como la mayoría: el pueblo, en consecuencia, puede desear oprimir a una parte de sus miembros; y se necesitan precauciones contra esto tanto como contra cualquier otro abuso del poder. La limitación, por tanto, del poder del gobierno sobre los individuos no pierde nada de su importancia cuando los detentadores del poder son regularmente responsables ante la comunidad, es decir, ante el partido más fuerte de la misma.
Esta manera de ver las cosas, que se recomienda por igual a la inteligencia de los pensadores y a la inclinación de aquellas clases importantes de la sociedad europea a cuyos intereses reales o supuestos la democracia es adversa, no ha tenido dificultad en imponerse; y en las especulaciones políticas «la tiranía de la mayoría» se incluye ya por lo general entre los males contra los cuales la sociedad necesita ponerse en guardia.