Ahora bien, ¿es esta, o no es esta, la condición deseable de la naturaleza humana?
Así es, según la teoría calvinista. De acuerdo con ella, la gran ofensa del hombre es la propia voluntad. Todo el bien de que la humanidad es capaz se resume en la obediencia. No tienes elección; así debes actuar y no de otro modo: «todo lo que no es un deber, es un pecado».
Como la naturaleza humana está radicalmente corrompida, no hay redención para nadie hasta que la naturaleza humana sea aniquilada en su interior. Para quien sustenta esta teoría de la vida, sofocar cualquiera de las facultades, capacidades y susceptibilidades humanas no constituye ningún mal: el hombre no necesita más capacidad que la de entregarse a la voluntad de Dios; y si utiliza alguna de sus facultades con cualquier otro fin que no sea cumplir más eficazmente esa supuesta voluntad, mejor estaría sin ellas.
Esa es la teoría del calvinismo; y la sostienen, de forma mitigada, muchos que no se consideran calvinistas; la mitigación consiste en dar una interpretación menos ascética de la supuesta voluntad de Dios, afirmando que es voluntad suya que la humanidad gratifique algunas de sus inclinaciones; por supuesto, no de la manera que ellos mismos prefieren, sino por la vía de la obediencia, es decir, de un modo prescrito por la autoridad y, por lo tanto, debido a las condiciones necesarias del caso, el mismo para todos.
En alguna forma tan insidiosa como esta hay actualmente una fuerte tendencia a esta estrecha teoría de la vida, y al tipo de carácter humano, achicado y endurecido, que ella patrocina.