toda esa parte de sí mismas que no puede expandirse bajo la presión, la sociedad sacará poco provecho de su genio. Si son de carácter fuerte, y rompen sus cadenas, se convierten en blanco para que la sociedad que no ha logrado reducirlas a la mediocridad las señale con solemne advertencia como «salvajes», «erráticas» y cosas por el estilo; poco más o menos como si uno se quejara del río Niágara por no fluir suavemente entre sus orillas como un canal holandés.
Insisto así con tanta vehemencia en la importancia del genio, y en la necesidad de permitirle desenvolverse libremente tanto en el pensamiento como en la práctica, plenamente consciente de que nadie negará esta postura en teoría, pero sabiendo también que casi todo el mundo, en la realidad, se muestra totalmente indiferente ante ella.
La gente piensa que el genio es algo excelente si le permite a un hombre escribir un poema emocionante, o pintar un cuadro. Pero en su verdadero sentido, el de la originalidad en el pensamiento y en la acción, aunque nadie dice que no sea algo digno de admiración, casi todos, en el fondo, creen que pueden prescindir perfectamente de él.
Desgraciadamente, esto es demasiado natural como para causar extrañeza. La originalidad es lo único cuya utilidad no pueden percibir las mentes sin originalidad. No logran ver qué puede hacer por ellas; ¿cómo iban a hacerlo? Si pudieran ver lo que haría por ellas, ya no sería originalidad.
El primer servicio que la originalidad ha de prestarles es el de abrirles los ojos; una vez logrado esto por completo, tendrían la oportunidad de ser originales por sí mismas.
Entre tanto, recordando que hasta ahora nunca se ha hecho nada sin que alguien fuera el primero en hacerlo, y que todas las cosas buenas que existen son los frutos de la originalidad, séan lo bastante modestas como para creer que aún queda algo por lograr para ella, y ténganse por seguras de que cuanto menos conscientes son de su necesidad, más la necesitan.