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nydus/On LibertyPublic
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II. De la libertad de pensamiento y de discusión

Los sentimientos con que la humanidad contempla hoy estos lamentables sucesos, especialmente el último de los dos, la vuelven sumamente injusta en su juicio sobre los desdichados actores. Estos no eran, al parecer, hombres malos —ni peores de lo que los hombres suelen ser, sino más bien al contrario—; hombres que poseían, en plena o algo más que plena medida, los sentimientos religiosos, morales y patrióticos de su época y de su pueblo: exactamente el tipo de hombres que, en todos los tiempos, incluido el nuestro, tienen todas las probabilidades de pasar por la vida de manera irreprochable y respetada.

El sumo sacerdote que rasgó sus vestiduras cuando se pronunciaron las palabras que, según todas las ideas de su país, constituían la más negra de las culpas, era con toda probabilidad tan sincero en su horror e indignación como lo son en la actualidad la generalidad de los hombres respetuosos y piadosos en los sentimientos religiosos y morales que profesan; y la mayor parte de aquellos que hoy se estremecen ante su conducta, de haber vivido en su tiempo y de haber nacido judíos, habrían actuado exactamente como él lo hizo.

Los cristianos ortodoxos que se sienten tentados a pensar que quienes apedrearon hasta la muerte a los primeros mártires debieron ser hombres peores de lo que ellos mismos son, deberían recordar que uno de aquellos perseguidores fue san Pablo.

Añadamos un ejemplo más, el más llamativo de todos, si es que la categoría de un error se mide por la sabiduría y la virtud de quien cae en él. Si alguna vez alguien, dotado de poder, tuvo motivos para considerarse el mejor y el más ilustrado de sus contemporáneos, ese fue el emperador

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