Podemos, y debemos, dar por verdadera nuestra opinión para la guía de nuestra propia conducta: y no es dar por sentado nada más cuando prohibimos que los hombres malvados perviertan a la sociedad mediante la propagación de opiniones que consideramos falsas y perniciosas.
Respondo que se está suuponiendo mucho más.
Hay una diferencia abismal entre presumir que una opinión es verdadera porque, a pesar de tener todas las oportunidades para rebatirla, no ha sido refutada, y asumir su verdad con el propósito de no permitir su refutación.
La completa libertad para contradecir y refutar nuestra opinión es la condición misma que nos justifica para asumir su verdad con fines prácticos; y bajo ninguna otra circunstancia puede un ser dotado de facultades humanas tener la seguridad racional de estar en lo cierto.
Cuando consideramos ya sea la historia de las opiniones, ya la conducta ordinaria de la vida humana, ¿a qué debe atribuirse que lo uno y la otra no sean peores de lo que son?
Ciertamente no a la fuerza inherente del entendimiento humano; pues, en cualquier asunto que no sea evidente por sí mismo, hay noventa y nueve personas totalmente incapaces de juzgarlo, por una que es capaz; y la capacidad de la centésima persona es meramente comparativa; ya que la mayoría de los hombres eminentes de cada generación pasada sostuvo muchas opiniones que hoy se sabe son erróneas, e hizo o aprobó numerosas cosas que nadie hoy justificaría.
¿A qué se debe, pues, que haya en general un predominio en la especie humana de las opiniones racionales y de la conducta racional? Si realmente existe este predominio —lo cual debe ser así, a menos que los