Las opiniones heréticas, por otra parte, son generalmente algunas de estas verdades suprimidas y desdeñadas, que rompen las ataduras que las mantenían oprimidas, y que bien buscan la reconciliación con la verdad contenida en la opinión común, o bien se le enfrentan como enemigas y se erigen, con similar exclusividad, como la verdad entera.
El último caso es hasta ahora el más frecuente, ya que, en la mente humana, la parcialidad ha sido siempre la regla, y la versatilidad la excepción.
De ahí que, aun en las revoluciones de opinión, una parte de la verdad suele ponerse mientras otra se alza. Incluso el progreso, que debería añadir, las más de las veces solo sustituye una verdad parcial e incompleta por otra; consistiendo el perfeccionamiento principalmente en esto: en que el nuevo fragmento de verdad es más necesario, más adecuado a las necesidades del tiempo, que aquel al que desplaza.
Siendo tal el carácter parcial de las opiniones imperantes, aun cuando desuesen sobre un fundamento verdadero, toda opinión que encarne algo de la porción de verdad que la opinión común omite, debe ser considerada valiosa, por grande que sea la cantidad de error y confusión con la que esa verdad esté mezclada.
Ningún juez sensato de los asuntos humanos se sentirá obligado a indignarse porque aquellos que nos imponen verdades que de otro modo habríamos pasado por alto, pasen por alto algunas de las que nosotros vemos.
Más bien, pensará que, mientras la verdad popular sea parcial, es preferible que la verdad impopular tenga también defensores parciales; siendo estos por lo general los más enérgicos, y los más propensos a forzar una atención reacia hacia el fragmento de sabiduría que proclaman como si fuera el todo.