Aquí no se plantea ninguna cuestión (se puede decir) acerca de restringir la individualidad, ni de impedir la puesta a prueba de experimentos nuevos y originales de vida. Las únicas cosas que se busca prevenir son aquellas que han sido probadas y condenadas desde el principio del mundo hasta ahora; cosas que la experiencia ha demostrado que no son útiles ni adecuadas para la individualidad de ninguna persona. Debe haber una cierta cantidad de tiempo y de experiencia tras la cual una verdad moral o prudencial pueda considerarse establecida; y simplemente se desea evitar que generación tras generación caiga por el mismo precipicio que ha sido fatal para sus predecesores.
Confieso plenamente que el daño que una persona se causa a sí misma puede afectar gravemente, tanto a través de la simpatía como de sus intereses, a quienes están estrechamente vinculados con ella y, en menor grado, a la sociedad en general. Cuando, debido a una conducta de esta índole, una persona es conducida a violar una obligación clara y determinable hacia otra u otras personas, el caso sale de la categoría de los actos que sólo atañen a uno mismo y se vuelve susceptible de reprobación moral en el verdadero sentido de la palabra. Si, por ejemplo, un hombre, a causa de la intemperancia o de la extravagancia, se vuelve incapaz de pagar sus deudas, o habiendo asumido la responsabilidad moral de una familia, se incapacita por la misma razón para mantenerla o educarla, es merecidamente reprobado y podría ser justamente castigado; pero lo es por la violación del deber hacia su familia o sus acreedores, no por la extravagancia. Si los recursos que deberían haberse consagrado a ellos hubiesen sido desviados con el fin de realizar la inversión más prudente, la culpabilidad moral habría sido la misma. George Barnwell asesinó a su tío para conseguir dinero para su amante, pero si lo hubiera hecho para establecerse en un negocio, habría sido ahorcado de la misma manera.